Me encanta conducir y me gusta disfrutarlo a solas. Conecto conmigo mismo, e incluso puede llegar a ser relajante si escucho mi música o programa de radio preferido. Lo malo es que los atascos y aparcar en Madrid es realmente insufrible. Así que, en la medida de lo posible suelo abandonar el coche a diario.
Usar el transporte público ha sido siempre, una fuente de inspiración para mí. De entrada te sientes acompañado, y esto siempre a mi juicio es bueno. Surgen emociones compartidas, sensaciones, miradas de complicidad, de sorpresa, e incluso conversaciones.

Habitualmente observo el comportamiento humano, e intento reflexionar sobre ello. No sé muy bien si esto es consecuencia de mi trabajo como diseñador o más bien porque mi “Pepito Grillo” interior me alerta constantemente de que quizás debí estudiar sociología.
Recuerdo con nostalgia, mi época como estudiante universitario. Desplazarme entonces con un vehículo propio era todavía un sueño para mí y el transporte público era la única alternativa. En esos años, quería ser coherente con todo, hacía mucho deporte, ya intentaba alimentarme correctamente y en la medida de lo posible practicaba algo de yoga y meditación y absorbía todo lo que me llegaba sacando mis propias conclusiones. El tiempo que pasaba en el transporte público, era para meditar. Y en este caso no me refiero a una meditación mística, para unir cuerpo y alma, sino más bien a una meditación más mundana. Me daba tiempo a repasar lo que había hecho a lo largo del día en la universidad. Las cosas que debía hacer en la semana. También pasaban por mi cabeza los posibles planes de fin de semana y las futuras escapadas en vacaciones. Lo que más me gustaba de aquellos instantes en el tren, era, que a excepción de algunas personas que iban leyendo, el resto de pasajeros iba charlando. La gente charlaba. Parejas, grupos de amigos, incluso desconocidos intercambiaban conversaciones.

Mi curiosidad por las personas siempre ha estado presente, quizás no con tanta intensidad como ahora, pero sí, me fijaba en su comportamiento y en cómo interactuaban unos con otros. Aquellos viajes en tren eran, en muchas ocasiones, clases magistrales de lo que a veces llamo la licenciatura de la vida. Había conversaciones de todo tipo. De parejas jóvenes, de parejas maduras, de padres y madres con hijos pequeños, de padres y madres con hijos adolescentes. Unas conversaciones a veces más cariñosas y otras veces más críticas, pero de todas podías sacar alguna conclusión o te detonaban una nueva línea de pensamientos. Mi cabeza funcionaba así. Creaba historias con cualquier cosa.

Allí estábamos algunos sentados, claro, como siempre solo los afortunados que entraban primero al vagón vacío, el resto de pie. Entre todos los sentados estábamos los que observábamos. No es que no pudieras observar de pie, es posible, pero siempre había variables que interrumpían y era más interesante observar desde la comodidad del asiento.
En esencia era como ir al cine. Y la prueba se producía cuando una conversación o circunstancia era memorable. De repente los observadores nos mirábamos con complicidad. Si, con esa complicidad con la que das un ligero codazo a un amig@ cuando estas en el cine y buscas compartir el momento especial que acontece en la película.
Y en su conjunto quizás también parecido a lo que hoy nos aportan las nuevas tecnologías. Es decir, conectaba con una conversación, me hacía pensar o no, y si no me interesaba desconectaba y conectaba con otra. Observaba, cabeceaba de un lugar a otro buscando algo que me hiciera pensar, en definitiva algún estímulo que alimentara mi creatividad en ese espacio de tiempo que tenía durante mi vuelta a casa.

En ocasiones si no había nada que escuchar, me quedaba ensimismado mirando unos zapatos verdes que alguien llevaba. Esto detonaba mi creatividad y comenzaba la máquina a trabajar ¿Por qué se habrá comprado esta persona estos zapatos? Me preguntaba ¿Va a trabajar con ellos? ¡Leches! Si, ¡va a trabajar con ellos! Pero el tipo lleva traje, ¿En qué trabajará? Y si tiene pareja, ¿Cómo será su pareja? Quizás, se visten de igual manera. Mis silenciosas carcajadas brincaban en mi cabeza, compartiendo espacio con la sorpresa, al ser consciente de lo distintos que somos unos de otros. Era muy divertido la verdad.
Hoy, estoy viajando en transporte público mientras escribo este texto. Buscando la esencia de aquellos momentos que viví en mis viajes de tren pero, no la encuentro. Quiero escuchar conversaciones interesantes, quiero “codearme” con los nuevos cómplices observadores, y quiero encontrar zapatos verdes. Sin embargo no conecto.

Silencio.

No puede ser, rodeado de personas y encuentro más silencio que en un hospital. Lugar, por cierto en el que en ocasiones todavía me encuentro la típica foto de una enfermera con cofia, con su dedo índice posado sobre sus labios mandando callar a los presentes. ¿Con cofia? Algunas cosas no cambian.

Continuo buscando esa esencia que me hacía meditar. No entiendo nada, es el mismo trayecto que hacía cuando iba a la universidad y la misma hora. Algo es cierto, ha cambiado la gente y yo no soy el mismo. Pero sigo teniendo la misma curiosidad por los humanos y la gente debería comportarse de una manera similar.
¿Por qué entonces encuentro silencio? ¿Nadie observa? Todos van cabizbajos, como cansados, sus cabezas cuelgan y miran hacia abajo. Da igual si están de pie o sentados, miran hacia abajo.
No es una hora para ir ya cansados, toca tener energía y acaba de comenzar el día. Ok vale, se acaban de levantar y no les culpo. A mí me cuesta horrores madrugar y a veces también voy un poco zombie, lo reconozco.

Pero, hay algo más. Veo que todos tienen un brillo diferente en sus ojos, como llorosos. Apenas parpadean, y la mayoría realizan unos movimientos algo extraños con sus pulgares. Mi padre hacía un movimiento similar con sus pulgares cuando nos dejaba sin blanca a mis hermanos y a mí jugando al Monopoly. Entonces, venía a cuento, nos estaba diciendo que estaba forrado y todo el mundo lo entendía. Aquí nadie juega al Monopoly incluso dudo que alguien sepa lo que es.

No sé qué ocurre pero ya no encuentro a nadie con “zapatos verdes”. Todos llevan zapatos verdes. Quizás ahora lo excéntrico es llevarlos blancos. O quizás ahora lo especial es llevarlos con un tono distinto de verde. No sé, pero no me da para carcajearme silenciosamente, solo hay sorpresa y expectación. La situación es rara, pero al menos me está invitando a meditar sobre los cambios de comportamiento que observo.

De repente escucho algo. Un sonido como cuando un grifo tiene una fuga. Exacto, es un goteo permanente. ¿Goteras en el tren?, No creo. Por fin observo algo distinto. Alguien acelera los movimientos de sus pulgares. No puede ser humano, yo no soy capaz de mover los pulgares tan rápido, ¿estará enfermo? El sonido del goteo continua.
Fiu Fiu, Alguien silba. Este puede ser el momento que esperaba y que sin duda dará que hablar para bien o para mal. ¡Alguien se ha animado! Un chico de los de siempre silbando a una preciosa chica de las de siempre. Pero ¿Dónde está la chica? Veo algunas, aunque no alcanzo a ver sus ojos, van cabizbajas todo el trayecto.

Volteo mi cabeza en su búsqueda y como si de una daga se tratara, la mirada de otra persona tropieza con la mía. Si, una chica joven. Bonita y seguramente la silbarían muchos. Pero no, no era ella la que yo buscaba. ¿O quizás sí? ¿Será posible? ¡Es una observadora! Si, su cabeza esta en alto y sus pulgares en reposo. ¡Señor@s hay vida en Marte! Me siento reconfortado, al menos podré compartir con alguien las historias que ocurran en lo que queda de trayecto. Es increíble estoy conectado a un humano, llevaba cinco minutos en el tren y hasta ahora no había cruzado una mirada con nadie. Por un momento pensé que me había equivocado al intentar conectar con gente como lo hacía antes. Echaría de menos esas miradas cómplice de observador a observador, esas anécdotas que luego cuentas cuando llegas a casa, o esas conversaciones que te dan qué pensar. La desconexión con el resto de personas que viajaban a mi lado me daba pánico. Era como estar en otro planeta con alta tecnología pero sin poder comunicarte con nadie. Afortunadamente una sola mirada humana, hizo que mereciera la pena el viaje.

¡Sácame del bolsillo! ¡Sácame del bolsillo!

Alguien interrumpe mis reflexiones. Escucho gritos. No entiendo nada. ¿Alguien necesita ayuda? Algo ocurre, hay movimiento. Comienzan a alzarse cabezas, los pulgares paran, pero los gritos continúan.

¡Sácame del bolsillo! ¡Sácame del bolsillo!

No logro identificar de dónde vienen los gritos, las cabezas de la mayoría de las personas allí presentes se mueven, la gente balancea sus cuerpos, se reacomoda y algunas miradas se cruzan.

¡Sácame del bolsillo! ¡Sácame del bolsillo!

Sigo sin saber de dónde vienen esos gritos de socorro, así que observo a mí alrededor y todas las miradas confluyen en un rincón al final del vagón. Allí se encuentra mi amiga la observadora. Mi conexión con lo humano. Ella me mira pero algo falla. La conexión no es como antes. Introduce una mano en su bolsillo y su cabeza de desploma. Sus pulgares comienzan a moverse. Pierdo la conexión.

Los gritos han parado. Las cabezas del resto de personas se vuelven a desplomar y los pulgares comienzan a “amasar dinero” y a “hacer fitness”. Ahora me siento solo. El acontecimiento habría sido digno de compartir y de codear a un cómplice, pero no hay conexión.

Finalmente llego a mi parada. Me levanto y me coloco cerca de la salida. Recuerdo cuando estudiaba en la universidad, y llegaba el momento de bajar del tren. Siempre buscaba la mirada cómplice de alguien con quien había tenido más sintonía, y me despedía. En esta ocasión no es necesario elegir, solo hay una observadora, la miro, pero su cabeza sigue caída y sus pulgares practicando fitness. Desconexión total.  Salgo del tren con más gente, todos cabizbajos incluido yo, esta vez pensativo. El tren se pone en marcha hacia la siguiente estación. Respiro hondo y pienso en lo que mi padre me decía cuando vivió en primera persona la revolución de la llegada de los ordenadores a su trabajo. Él siempre decía que lo importante es que las personas sigan siendo personas, que las emociones humanas sigan siendo el motor de la vida y que estas se transmitan de manera personal tocándonos, hablándonos, susurrándonos o mirándonos.

Caminando por el andén alzo mi cabeza para despedirme del tren repleto de personas cabizbajas, con la esperanza de que algún día vuelvan a conectar sus emociones con las personas que viajan a su lado. En ese instante alguien de pie dentro del vagón me mira. ¡Es la observadora, mi cómplice! Me quedo congelado en el andén, y ella continua mirándome a medida que el tren se desplaza. Saca su mano del bolsillo y se despide de mí con una ligera sonrisa.

WOW, que momento y sin nadie a quien codear. Te sientes flotando por encima de cabizbajos. Si lo cuentas nadie lo entiende, nadie lo ve, sus pulgares están de color rojo y continúan aunque sus ojos estén vidriosos por no pestañear. Están desconectados y yo, flotando.